SÁLVESE QUIEN PUEDA
- Nerea Lorenzo
- 24 mar
- 2 Min. de lectura

- Por favor, ¿me dejan pasar? Tengo preferencia.
Y, entonces, con una certeza casi absoluta, sé que no lo harán. Miro a izquierda y derecha, veo alguna mirada de reojo, tímida, y muchos cogotes que ni se inmutan. Llega el ascensor e intento avanzar, sin éxito, con un bebé en el carro y otro a medio formar en una tremenda tripa de treinta semanas de embarazo. Por un instante, pienso que estoy soñando, que me he quedado muda o que todas esas personas son sordas. Nadie se aparta para que pase, ni una sola persona. Me quedo sumida en mis pensamientos mientras se llena un ascensor y sigo haciendo cola, esperando mi turno para entrar. Ahora sí, me quedo muda. Cuando, por fin, logro entrar en el tercer ascensor, la mujer que he tenido delante todo el tiempo me mira fijamente a los ojos y, en ellos, no leo unas disculpas, sino más bien un claro: "Es lo que hay".
Bajamos del ascensor y mi hija, que ha respirado la tensión del momento, me pregunta: "Mami, ¿qué pasa?". Yo, aún invadida por una mezcla de ira y estupefacción, le respondo, esperando que me oigan: "Pues pasa que estos señores no nos han dejado subir al ascensor, tal y como indica ese cartel de ahí que deben hacer". Ella, como siempre, me da la clave para comprenderlo todo. "No pasa nada, mamá". Efectivamente. Pero, para mí, como para toda esa gente, pasan muchas cosas. Pasa que desde que llegué he tenido que hacer cola para todo: tobogán, autobús, farmacia… Pasa que en el entorno rural faltan recursos, pero es que, en la ciudad superpoblada, estos también se vuelven escasos y termina imperando la Ley del Más Fuerte. Pasa que mi Madrid natal es aún más salvaje y hostil de lo que recordaba.
Yo no tenía prisa por subir en ese ascensor del metro, al menos no tanta como toda esa gente que, seguro, iba al trabajo, tenía que hacer la compra o recoger a sus hijos en el colegio. Probablemente la mayoría de esas personas llevaban horas de trayecto, trasbordos y aglomeraciones, y yo solo estaba dando un paseo por el centro de la que un día fue mi ciudad.
Sí, me tenían que haber dejado pasar. Pero no, no es su culpa, es de la ciudad. Quién no ha visto alguna vez Titanic pensando: imagínate ver todos esos botes salvavidas desfilando con mujeres y niños primero, hombres ricos después, y ser el violinista. Yo me subo a esa tabla de madera, violín en mano, y me agarro con uñas y dientes, sin mirar alrededor.
Sálvese quien pueda.





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