COSAS DE NIÑOS
- Nerea Lorenzo
- 28 oct 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 6 feb

Hace un mes se suicidó Sandra, una niña de 14 años de Sevilla que sufría acoso escolar por parte de unas compañeras que antes habían sido amigas. Leo la noticia y toda la repercusión que ha tenido después y, con tanta vergüenza como necesidad, confieso que, si pienso en mi yo adolescente, estoy más cerca de ser esas amigas que de ser Sandra. Porque a mí nunca me han dado de lado. Claro que he tenido discusiones, he llorado por amistades que dejan de serlo, desamores que se antojan tragedias y otros problemas de esa época de turbulencia y formación de la personalidad. Pero en todo ese proceso nunca he estado sola, siempre he tenido amigas y amigos que me acompañaban.
Sin embargo, sí he sido de los que decidían quién entraba al “grupo”, de las que dirigían el voto para ver a quién echábamos de la tienda de campaña en campamentos, pues no cabíamos todas, pero, por supuesto, yo sí. He participado, o al menos observado sin intervenir, en alguna broma que pronto dejaba de tener gracia para la otra parte. Siempre he formado parte del núcleo fuerte, de los que “molan”. Nunca he tenido que enfrentarme a un recreo sola, a risas y burlas de los que un día fueron mis amigos; ni siquiera, jamás, he tenido que imaginármelo o preocuparme por si pudiera ocurrir.
Mis amigas, mis padres, profesoras o animadores que estén leyendo esto probablemente piensen que exagero, que nunca he sido una acosadora, que simplemente eran “cosas de niños”, que “los niños son muy crueles”. Ahora que soy madre, me encuentro con mi yo pre y adolescente y la juzgo, sí, pero también la perdono. Porque no sabía hacerlo de otra forma, porque jamás ningún niño piensa que no dejando jugar a otro o burlándose de su aspecto pueda hacerle tantísimo daño. Los niños son niños; para eso estamos los adultos.
El otro día leía que los padres y las madres estamos muy preocupados por saber cómo están nuestros hijos, si tienen amigos, si les tratan bien; sin embargo, ninguno ponemos atención en saber si tratan bien a los demás, si entienden la diferencia entre una broma y una humillación.
Hagamos un esfuerzo por cambiar esto. Y metámonos de lleno, como familia, educadores o entorno directo, en todas esas “cosas de niños”, porque solo así evitaremos que nuestras hijas e hijos se conviertan en la pesadilla de algún otro niño, el motivo por el que tiemblan cada día al entrar al colegio.
Publicado el 28 de octubre en el periódico La Comarca





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